RANI
Jules Supervielle

Aunque era el único de su clan que había sido educado en una gran ciudad, no se le había elegido cacique más que por su victoria en la prueba del ayuno. De los concursantes que, uno a uno, habían abandonado la partida, Rani quedó solo, el noveno día, largo como madero seco, entre pieles de buey.

Desde el comienzo de la prueba, el tiempo había tomado para él la apariencia de un gran reloj de seis rostros de jóvenes niñas dispuestas alrededor del cuadrante. Eran aquellas mismas quienes, todas las cuatro horas, le proveían de agua y de hojas de coca que succionaba apenas, ahora que no tenía más la fuerza de mascar. Pero él prolongaba la prueba, esperando poder aguardar una vez más todavía el paso de Yara, su novia. De una mirada ella le decía: "Coraje, llegarán cosas maravillosas".

En las cercanías de la noche creía escuchar el paso de caballerías lejanas siempre a la misma distancia, a pesar de los esfuerzos desesperados para llegar hasta él. Y las lejanas figuras del ayuno entraban en la tienda con sus canastas de fósforo. Una bajaba dulcemente los párpados del Indio y la otra los volvía a abrir. Algunas se apoderaban de su hígado, exprimiendo todo el jugo, o introduciendo con la minuciosidad de un cirujano agujas de vacío en sus riñones. Después, todas se reunían susurrando para hacer pasar delante de los ojos de Rani las débiles aves de la muerte.

En las primeras horas de la décima noche vio, acostado en su cabecera, y mostrando sus encías de arena, al gran dromedario del último sueño, quien, veinte veces seguidas, trató de erguirse sobre sus patas ya casi descarnadas. Entonces, temeroso de ceder a los avances de las bestias que esperan en nosotros y alrededor de nosotros su turno de vivir a nuestras expensas, el Indio, con el extremo de sus labios, de los cuales uno estaba blanco y otro ya violeta, hizo la seña de que consentía terminar el ayuno.

El nuevo cacique, algunos días después, cuando todavía seguía muy débil, quiso presentarse delante de Yara, que se encontraba cerca de los fuegos del clan. Pero el vértigo le hizo caer en la fogata donde se quemó la cara hasta el hueso. Todos bajaban la cabeza ahora y se apartaban hasta que pasara ese rostro a medio consumir y que parecía flamear todavía, atizado por algún demonio. Rani pensaba que Yara también se escondería, cuando vio a su novia (pues ella lo era todavía) inmóvil delante de la tienda que le observaba fijamente. Sin defensa contra un gran espíritu él fue de inmediato a buscar una carga de leña y la dejó rodar de sus espaldas a los pies de la joven, en señal de amor. El ruido medroso e interrogativo de los dos últimos maderos, un poco separados de los otros en su caída, le produjo vergüenza al Indio. Cuando volvió a levantar la cabeza, quedando sus párpados abajo, Yara había desaparecido, y la escuchó lanzar gritos de terror como si la violaran una turba de enemigos.

Al día siguiente, los seis miembros del Consejo de Ancianos avanzaron hacia el Rostro quemado y le voltearon simultáneamente la espalda para anunciarle con su actitud y su silencio que él no podía nunca más contar con ser su cacique.


Durante semanas se escondió en la selva. Se interesaba en las plumas, en los huevos de las aves, en los musgos y en los helechos, en todas esas cosas delicadas que no se asustaban de su presencia y no cambiaban el rostro delante de él. Huevos imitando el color de la aurora, plumas de nube esponjosa que recorrían el cielo como un caballo, helechos de la noche oscura y fresca donde él habría querido un instante reposar el rostro de su desgracia.

En el ave muerta, las plumas continúan viviendo por su cuenta, sin dejarse amedrentar por la putrefacción. Y Rani las admiraba porque proclamaban la defensa del orgullo y del espíritu. En su delgadas cañas córneas, en su pelusa buscaba palabras. Seguro de no ser visto, colocaba delante suyo toda aquella ligereza, junto con hojas de árboles raros, y piedras brillantes como si hubieran sido hechas perfectas. Se decía a veces: "¡Oh! es como esto, como esto es justamente aquello que buscaba".

O bien, fatigado por esa miseria que creía todavía en el color y en la forma de las cosas, en la gran selva sin puertas ni ventanas, observaba el cielo. Como un documento muy antiguo y muy frágil y casi imposible a descifrar. "Porque tengo todo el tiempo, ¿quién me apresura?", pensaba.

¿Alguien escuchaba ahí a los lejos, detrás de esas gruesas tinieblas tenebrosas, un débil maullido, o el corazón de un hombre perdido entre los árboles? ¿Cómo conocer su ruta en el cielo donde no había derecha ni izquierda, ni delante ni detrás, ni nada más que la profundidad. Sin otra guía, sin otro apoyo que el vértigo?

¿Qué se proponía descubrir en los guijarros de la tierra y de tan lejos? ¿Qué era aquello que le producía ganas de abrirse el vientre para ir a buscar una respuesta en el secreto de su cuerpo?

"¿Seré menos horrible un día?"

Sí, no era más que esa pequeña cosa la que él aspiraba a descubrir y se admiraba de no haberla comprendido todavía. Como si sus manos no se lo hubiesen todavía confirmado cuando las pasaba y las repasaba sobre su rostro desgarrado.

Y se ponía a amar a las serpientes que en sus pliegues y repliegues no se preocupaban más que de sí mismas, que tenían siempre la muerte lista en su boca.


Rani quiso volver a ver su clan. Escondido en las afueras de la selva sabía quedarse invisible, como en el alma de otro, guardar para sí todo aquello que de nuestros ojos y de nuestra piel podría escaparse para confesar que estamos ahí. Observaba de su madriguera oscura de hierbas y de tierra la fogata prendida para apartar a los venados y pensaba: "Es Guliya quien ha hecho el fuego hoy día. Reconozco su manera de prepararlo. ¿Pero qué me importa?"

Viendo a sus compañeros ir y venir antes de acostarse para la noche:

"¿Qué me exigen ustedes, hombres magros o grasos, senos, vientres y pies de aquellos que forman mi clan? ¿Por qué toman esas formas diversas cuando no son más que recuerdos de vómitos?"

Y robaba a sus antiguos compañeros para hacer ofrendas a los árboles y a las piedras, a todo aquello que no está manchado por el uso de la palabra. Una noche, el rostro ceñido de lianas y de hojas, penetró en la tienda de Yara para arrebatarle su espejo. Otra noche, ebrio de chicha, quiso emborrachar un árbol que escogió entre todos y terminó por sacrificarle dos dedos de su mano que cortó con sus dientes.

Cuando la sangre hubo terminado de correr y Rani comenzó a ver más claro dijo para sí:

"No estaba tan feo entonces como ahora".

Y observaba su mano mutilada y la comparaba con la otra que ahora le parecía muy bella. Olvidando la promesa que se había hecho de no examinarse, se observó largamente en el espejo que robó de Yara, a favor de algunas llamas decisivas de la fogata. Y vio que su rostro estaba tal y como lo había dejado hace poco en los ojos espantados de los hombres de su clan.

Rani no se alimentaba más que de raíces. Una fuerza extraña, lenta y cruel se apoderaba de él. Primero fluida, después masiva, tomó posesión de su cabeza y de su cuerpo, para llegar hasta los dedos de sus pies que él sentía convertirse en dañinos.

Era peor que el gusto de la carnicería.

Levantando su diestra donde dos dedos faltaban, el Rostro Quemado llegó a sentarse en medio del clan y exclamó con su voz todavía clara, entre sus labios desgarrados:

"He regresado. Váyanse".


Alrededor de él los Indios se inmovilizaron y aquel que había derribado un árbol se congeló, el hacha en el aire. Dos o tres hombres pensaron en agujerear el corazón de Rani con sus flechas, pero, antes siquiera de apuntar, sus brazos se vaciaron de toda voluntad.

Las mujeres y los niños del clan atraídos contra su voluntad, se arrastraron hacia el Rostro Quemado, se agarraron a sus piernas y las desgarraron con deseo y con desesperación. Una que trituraba maíz en la cocina, llegaba, su mortero en la mano, otra apartaba a su compañera para avanzar, con un temblor que se escuchaba a lo lejos, hacia ese rostro que alcanzaba las más altas ramas de lo horrible. Cada tres o cuatro pasos se agarraban a los troncos de los árboles o a las raíces para impedirse de ir, pero ninguna lo conseguía. Yara perdida entre las otras.

El Indio repitió:

"¡Váyanse!"

Y cada uno entonces encontró la fuerza para esconderse.

Rani quedó entre las tiendas, los víveres, las flechas, tantos objetos que poco a poco se sentían cambiar de dueño. Y puesto que todo estaba bien así la-Serpiente-de-los-días-que-nos-quedan-por-vivir, cerca del Indio, mil y mil veces solitaria, vino a enroscarse.


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