VAGAMENTE DOS PERUANOS
Luis Loayza

Dos peruanos aparecen en dos novelas francesas. El primero es un general y lo encontramos en el baile del duque de Retz, capítulo VIII de la segunda parte de Rojo y
Negro:

El joven conde no hallaba nada digno de su atención, salvo aquello que pudiera dar a su país un gobierno bicameral. Abandonó con placer a Matilde, la persona más seductora del baile, porque vio entrar a un general peruano.

Al desesperar de Europa el pobre Altamira había llegado a pensar que cuando los Estados de América meridional fuesen poderosos podrían devolver a Europa la libertad que les enviara Mirabeau.

Un torbellino de jóvenes con bigote se acercó a Matilde. Ella se había dado cuenta de que no había seducido a Altamira y su partida la irritaba; veía brillar sus ojos negros mientras hablaba con el general peruano. La señorita de La Mole miraba a los jóvenes franceses con esa serenidad profunda que ninguna de sus rivales podía imitar. ¿Cuál de ellos, pensaba, sería capaz de hacerse condenar a muerte, aún suponiendo que tuviera todas las oportunidades?

El segundo peruano es un joven, también anónimo, y aparece en En busca del tiempo perdido. Acaba de terminar la velada que el príncipe de Charlus ha ofrecido en casa de los Verdurin para exhibir el talento musical de Morel. Al despedirse de Charlus la señora de Mortemart quiere invitarlo a una de sus reuniones, pero sin tener que invitar a la señora de Valcourt que se encuentra cerca de ellos:

Pero ya la nueva mirada furtiva lanzada sobre ella había hecho comprender a Edith todo lo que escondía el lenguaje complicado de Charlus. Esa mirada fue tan fuerte que, después de tocar a la señora de Valcourt, el evidente secreto y la intención de engaño que contenían fue a dar sobre un peruano a quien, por el contrario, la señora de Mortemart pensaba invitar. Pero este, lleno de sospechas, reparando en los misterios que se hacían aunque sin darse cuenta que no estaban dirigidos contra él, sintió inmediatamente un odio feroz contra la señora de Mortemart y se prometió hacerle mil bromas atroces, tales como enviarle cincuenta cafés glacés a su casa el día que no recibiera, o mandar a los periódicos una nota el día de su recepción anunciando que la fiesta quedaba postergada, y publicar luego comentarios falsos de las siguientes, en los que figurarían los nombres, conocidos por todos, de las personas que por diversas razones nadie recibe ni siquiera se deja presentar.

Eso es todo. ¿Por qué, me pregunto, justamente dos peruanos? ¿Qué significan, quiénes son esos fantasmas literarios?

En primer lugar ambos personajes existen porque son peruanos es decir, en Francia, exóticos. Todo escritor sabe que un nombre extraño y distante da cierto encanto misterioso a su párrafo. En la literatura europea el Perú es de estos nombres y ha sido utilizado muchas veces para sugerir las ideas de lejanía y riqueza. El doctor Johnson comienza uno de sus poemas proponiendo que la observación "estudie a la humanidad, de la China al Perú", extremos del mundo. También el marqués de Sade practicó nuestro nombre, junto a los de Ceylán, Kamtchaka o Matomba, en las relaciones de etnología fantástica con que justificaba sus teorías; así por ejemplo en ]uliette figura este dato que sería difícil comprobar en las crónicas de la conquista: "Trescientas mujeres del inca Atabaliba se prostituyeron inmediatamente por su propia voluntad a los españoles y los ayudaron a masacrar a sus esposos". Los ejemplos podrían multiplicarse.

Encontrar el nombre del Perú en libros europeos provoca en nosotros un primer movimiento de vanidad pero también desconcierto, un comienzo de molestia. A1go parecido nos ocurre en Europa cuando los amistosos nativos nos miran con evidente curiosidad. ¿Peruano? dicen, y nosotros sabemos que imaginan nuestro rústico cuello sudamericano incómodo bajo la corbata.

Es curiosa la sensación de sentirse exótico: es sentirse otro. No hace mucho se filmó un documental sobre el Perú y no faltaron limeños que se indignaron porque se presentaba a nuestro país como una tierra de indios que son pobres, comen mal y no saben leer. Pero les bastó mirar alrededor: los automóviles norteamericanos, las telas inglesas, la moda francesa, la arquitectura mixta e indefinible, los tea-rooms, las pizzerias, las corridas de toros, los convencieron de que podían sentirse occidentales, europeos, y respirar tranquilos. La verdad inquietante queda abolida porque se ha reducido el Perú a Lima y Lima a ciertos barrios que pueden pasar por sucursales de Madrid, París o cualquier suburbio norteamericano más o menos elegante. La ciudad permite y hasta fomenta estas ilusiones. Otra posibilidad consiste en admitir que la realidad peruana es exótica, y pensar en las extensiones desoladas, la miseria y la ignorancia como algo ajeno y distante, que le ocurre a gente que uno no conoce. Pero en Europa muchos peruanos no disponen de estos recursos, y están condenados a ser exóticos, es decir extraños, pintorescos, no asimilables: sienten tal vez que Lima es pequeña y el Perú grande, pobre e irrevocablemente peruano. Porque los europeos no separan a los peruanos en dos clases: para ellos todos los peruanos son radicalmente otros.

La mirada de los europeos que pregunta a los peruanos por su país - es decir por los indios, por los explotados, por los que no llegan a Europa - surge en parte de la ignorancia pero es fundamentalmente justa. Los peruanos no hemos forjado todavía ninguna imagen universal de nosotros mismos que reemplace a los grabados antiguos en que llevábamos plumas y hermosos vestidos. Esas imágenes persisten porque son las más originales y mejores que hemos dado al mundo. Un hombre de la cultura Paracas, que apenas si adivinamos en la prehistoria gracias al testimonio de su arte, fue una respuesta magnífica ante la naturaleza, un creador. Un limeño del siglo veinte suele ser una copia borrosa del europeo o el norteamericano, un proyecto que todavía no se ha definido del todo. Los extranjeros exigen que seamos nosotros mismos y no imitemos a los demás: eso es lo más difícil y todavía no lo hemos conseguido.

Pero vuelvo a Stendhal y a Proust. Seguramente hicieron peruanos a sus personajes por exotismo, pero pusieron en ellos algo más que eso. Stendhal escribió esa página hacia 1830, bajo la Restauración, régimen del que abominaba. Tampoco le convencía la democracia norteamericana y es posible que nuestros países, que acababan de lograr su independencia, la sedujeran un momento; quizá creyó que en los caudillos sudamericanos se daría la energía de Napoleón unida al respeto por la libertad y tuvo la esperanza de que las nuevas repúblicas corrigieran los errores de Francia y los Estados Unidos y devolvieran a Europa "la libertad que les enviara Mirabeau". Algunos jefes de la Independencia viajaron a Europa por esos años. No sería raro que el general peruano de Rojo y Negro estuviese tomado de la realidad y que verdaderamente asistiese a un baile donde el novelista lo distinguió hablando con un conspirador. Si quisiéramos identificar a ese peruano aventuraríamos, sin pruebas, el nombre de José de la Riva Agüero, primer presidente del Perú, exilado en Europa en la época en que escribía Stendhal y emparentado a la nobleza europea.

Pronto comenzó otra emigración: la de los turistas ricos, los hijos de buena familia, que de su país lejano sólo querían las rentas puntuales. El personaje de Proust pertenece a ella. Son los comienzos del siglo veinte y este peruano tiene buenas relaciones (no demasiados buenas: quienes quieran conocer la exacta, la cambiante categoría social del salón Verdurin pueden leer En busca del tiempo perdido). Pero, a diferencia del general que inspira a los revolucionarios, el peruano de Proust no es sino un petimetre parisino. El snobismo lo apasiona: una mirada basta para precipitarlo a una vana venganza. Supone que no será invitado a una recepción y decide denigrar a su enemigo en los periódicos. (Decididamente tiene relaciones: los Verdurín; la señora de Mortemart, que después de todo pensaba invitarlo; quizás Charlus, pues se ha acercado a despedirse de él. Además es rico, con dinero suficiente para frecuentar los salones y para derrocharlo en bromas de mal gusto). Proust lo presenta como un triste fantoche, una de las tantas sombras que atraviesan su libro. No creo que lo tomara de la realidad: su procedimiento usual era borrar las huellas, disimular los retratos. Posiblemente ocultó a otro sudamericano que podía sentirse aludido y lo disfrazó con el nombre de peruano, o este fue el primer exotismo que le vino a la pluma.

Esos dos personajes, esos dos fantasmas que quizá no existieron nunca sino en los libros, abren y cierran una etapa, una promesa en la historia del Perú: la gran esperanza que suscitó la independencia, no sólo entre nosotros sino en europeos que, como Stendhal o Altamira, pudieron creer que en América del Sur se inauguraba el reino de la libertad con justicia. Al publicarse Rojo y Negro ya la esperanza se desvanecía, empezaban las luchas intemas, las dictaduras. Pero las noticias viajaban lentamente y Stendhal pudo creer que algo nuevo estaba naciendo. Cuando Proust escribe ya esa esperanza está olvidada. Muchos años antes Baudelaire ha hablado de "los expedientes y el desorden bufón de las repúblicas de Sudamérica". Los peruanos que Stendhal estimó han desaparecido; Proust nos presenta a un meteque que aspira a ser un parisino más, uno de esos feroces y pálidos mundanos para quienes perder una invitación justifica el odio ridículo de que son capaces: un mediocre.

Entre los dos peruanos hay algo que ha terminado. El general da la impresión de ser un extranjero en medio del baile; es realmente un extranjero en ese mundo porque se hizo dirigente por las armas y no por la herencia, y piensa seguramente en volver, en actuar, en equivocarse, en crear esa imagen del Perú que le dictó su rebeldía. En cambio el personaje de Proust ha nacido dirigente, ha heredado el poder con el dinero pero no le interesa asumir su responsabilidad. ¿Piensa en volver? Parece muy cómodo donde está; es peruano pero no quiere ser un extranjero en París; en Lima no existen - todavía - los Verdurin. ¿Volver para qué?

Los libros tienen esas ironías. Sin que mediara la voluntad de sus autores dos novelas francesas parecen resumir el destino del Perú o, más exactamente, de una clase que determinó en gran parte ese destino; apenas dos páginas en las que aparecen, vagamente, dos peruanos.


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